miércoles, 12 de junio de 2019

Los promedios, un lastre que ya es hora de soltar


Hace ya muchos años, Julio Humberto Grondona, entonces presidente de la AFA, explicó sin rodeos en una recordada entrevista televisiva el porqué del sistema de promedios para determinar los descensos de categoría en el fútbol argentino. “Don Julio” le explicó a Ramiro Sánchez Ordóñez que se los instauró para cuidar a los equipos grandes y agregó que era igualmente beneficioso para los periodistas, que se verían también perjudicados por la eventual ausencia de los equipos más convocantes en la máxima categoría.

Hace pocos días, ante el surgimiento de versiones que daban cuenta de que en algún estamento de nuestro fútbol se estaba considerando la iniciativa de eliminar los promedios en la Superliga, no fuimos pocos los que nos ilusionamos con la idea de que por fin se aboliría un mecanismo que consideramos anacrónico, distorsivo y, fundamentalmente, injusto.

Para empezar el análisis desde lo más simple, cabe decir que esa finalidad confesada por Grondona no fue lograda; porque si tomamos en cuenta a los cinco denominados “grandes” de nuestro medio, tres de los cuatro que descendieron se fueron a la B empujados por la aplicación del sistema de promedios. Sólo San Lorenzo perdió la categoría por la tabla anual, en agosto de 1981. Racing Club (1983), River Plate (2011) e Independiente (2013) cayeron por el cómputo de las tres temporadas precedentes.

Más allá de la innegable ineficiencia del sistema de promedios en función de los poco nobles objetivos para los que fue concebido, su aplicación genera efectos distorsivos. Para buscar precisiones al respecto vale la pena adentrarse en este hilo de Twitter del colega Gastón Fernández, que se tomó el trabajo de revisar quiénes descendieron por promedios y quiénes debieron haber descendido en el caso de que se usara la tabla anual, la misma con la que se determina al campeón y a los representantes argentinos en los torneos continentales de clubes. Es decir, la misma a la que se recurre para dirimir todos los objetivos en las ligas mejor organizadas alrededor del planeta futbolero.

El informe de Fernández demuestra cómo, en el mejor de los casos, los promedios salvan o castigan a destiempo como regla general; o algo peor: en ese raconto queda claro que los promedios condenaron al descenso a algún equipo que no lo habría merecido en ninguna de las tres temporadas contempladas en el momento de su pérdida de la categoría. Es una locura y, sin embargo, para quien esto escribe ese puede ser el menor de sus defectos. Más importante, por ende más cuestionable aún, es que el sistema rompe con un principio elemental de cualquier competencia que pretenda ser seria: el de la igualdad ante las reglas de esa competencia. En cada temporada hay equipos que la comienzan con la plena certeza de que no descenderán aunque hagan la peor campaña de su historia. No todos juegan en las mismas condiciones cuando se trata de la lucha por la permanencia; y eso es la injusticia por definición, la cual no queda licuada por el hecho de que todos conozcan las reglas de antemano, como muchos argumentan a la hora de defender la aplicación de los promedios.

Es prácticamente imposible -y creo que ni siquiera corresponde hacerlo- evitar que los grandes sean grandes y los demás no lo sean tanto. La recaudación de fondos producto de la masa societaria o el poder de convocatoria, la mejor posición ante eventuales negociaciones de jugadores o la mayor disponibilidad de recursos derivada de otros ingresos hace que la brecha sea cada vez más amplia en ese aspecto; y eso, repito, es inevitable. Pero lo que no se puede permitir, ni mucho menos promover, es que la estructura de la competencia establezca criterios que contribuyan a agrandar esas diferencias que podríamos denominar como naturales. La organización debe garantizarle las mismas posibilidades reglamentarias a cada uno de los participantes. Todos deben empezar desde el mismo punto de partida, desde cero, y la consecución de los distintos objetivos debe ser determinada por la misma tabla.

En el fútbol sudamericano como conjunto se puede advertir una interesante intención de copiar criterios organizativos de los europeos, que han logrado elevar todas sus competencias al más alto nivel. El problema surge, creo, cuando esa intención choca con algunas bases del status quo reinante. No sirve hacer esa transformación por la mitad. La organización de todos nuestros torneos tiene que estar cada vez más cerca de los estándares europeos que tanta admiración nos despiertan; y eso, tengámoslo por seguro, no es una cuestión de recursos. Se trata de convicción, de determinación y de terminar de entender que la competencia futbolística bien organizada es más seria; si es más seria es más competitiva; y si es más competitiva es más atractiva.

viernes, 13 de julio de 2018

Con el corazón lleno de fútbol


Es cierto, sí. Todavía quedan dos partidos. Falta saber, nada menos, quién será el campeón. Para la estadística el detalle no es menor, claro. Pero para mi análisis general sobre la Copa del Mundo que está por terminar, más allá de quién se lleve la gloria el domingo en Moscú, no va a modificarse la fuerte sensación que tengo de haber visto un muy buen Mundial, que me regaló momentos de mucho placer desde mi condición de amante apasionado de este deporte.
Comparto con ustedes algunas ideas que quedaron dando vueltas en mi alma futbolera después de este mes de tan intenso disfrute.

SOBRE EL NIVEL DE JUEGO
Aquí tenemos, creo, el eje de una de las más intensas discusiones futboleras de esta Copa del Mundo. Hay quienes sostienen que la ausencia de las grandes potencias en las instancias definitorias es un indicio incontrastable de la baja del nivel de juego a nivel global. El hecho de que Alemania, Argentina, Brasil, España y Portugal se fueran de la competencia antes de las semifinales era inimaginable para muchos, entre los que me encuentro. Ahora bien: a lo que no me sumo es a darles a mis valoraciones la entidad de línea divisoria entre lo bueno y lo malo. Como no se dio lo que suponía que pasaría, el Mundial es “loco”, “raro”, malo o de bajo nivel. No; en lo absoluto se puede afirmar eso sobre la base de esa única evaluación. Me parece que es perezoso intelectualmente y erróneo periodísticamente. En todo caso, antes de intentar una conclusión definitiva busquemos elementos que la hagan sólida.
Salvo los casos de Arabia Saudita y Panamá, que pagaron un alto tributo al escaso roce de sus jugadores con el medio y el alto nivel Mundial, no hubo ningún seleccionado que no mostrara sobre la cancha el fruto de un progreso más o menos notorio, con las particularidades de cada caso. Casi todos los equipos emergentes -permítanme llamarlos así- manejaron un concepto vital como punto de partida: el orden. A ese orden le sumaron el conocimiento profundo de las virtudes y las flaquezas del rival, con la ventaja de que mientras más grande o importante es el oponente hay mucha más información sobre él y, así, se podrá trabajar mejor sobre la neutralización de esas virtudes y, si fuera posible, también la explotación de las flaquezas.
Hay más cuestiones. Técnica, táctica y estrategia (éstas dos últimas todavía menospreciadas por lo que podríamos llamar la línea “lírica” del fútbol). En cada equipo de este Mundial hubo, al menos, uno o dos jugadores de marcada riqueza técnica. Incluso las selecciones con menos historia ya muestran otra cara en este aspecto. Uno de los elementos más notorios de este apartado es la famosa “pelota quieta”, que, mal que le pese a Sampaoli, es una de las grandes herramientas del fútbol moderno. Una situación aislada que por sí misma ofrece la posibilidad de torcer el rumbo de un partido. No hay un solo equipo que no tenga en su repertorio este tipo de movimientos preestablecidos para la eventual disponibilidad de un tiro libre cerca del área rival.
Citemos ejemplos concretos de desarrollo: a muchos les llamó la atención el rendimiento de la Selección japonesa, pero cuando uno revisa el presente o la trayectoria de sus futbolistas encuentra que la gran mayoría de sus integrantes juega o jugó en las ligas más importantes de Europa. Ese roce es determinante si saben capitalizarlo. Por eso, no hay que sorprenderse con el manejo de Kagawa, el trajín inteligente con buen traslado de Hasebe o la pegada de Inui en el segundo gol nipón contra Bélgica; o con lo bien que pueden armarse colectivamente equipos como el mismo Japón, Corea del Sur, Irán o Marruecos para darles un buen susto a potencias como Alemania, España y Portugal. Más que asombrarnos, tenemos que empezar a entender que la brecha tiende a achicarse y que más temprano que tarde, como hoy ocurre con Croacia, vamos a empezar a ver otros nombres en los primeros lugares de cada competencia. El que está en el alto nivel, ya con el techo cerca de la cabeza, no tiene mucho para mejorar en cuestiones elementales y su desafío pasa por ver de qué forma logra que sus mejores individualidades marquen la diferencia; pero para los que vienen desde abajo, el margen de crecimiento es mucho mayor. Con los medios disponibles en la actualidad y los recursos humanos idóneos para sacarles provecho, ya son pocos los “chicos” que van a jugar contra los “grandes” pensando solamente en perder por poco. Lo que antes era una quimera ahora se convierte en un sueño posible, cuando no ya en una meta asequible. No hay que temerle a este cisma futbolero mundial. Hay que aceptarlo y aprender a convivir con este reordenamiento y sus consecuencias, como lo hacemos en otros deportes en los que en los últimos tiempos los representantes argentinos logran objetivos que hasta no hace mucho sólo podían permitirse soñar.

SOBRE EL VAR Y LA TECNOLOGÍA
En el debut mundialista de este dispositivo ha quedado mucha tela para cortar sobre su implementación. Se lo impuso con la intención de darles más elementos a los árbitros para “hacer justicia”, entendiendo por justicia el hecho de que un árbitro pueda rectificar a tiempo un error o una omisión involuntarios de su parte. Naturalmente, nadie podría oponerse seriamente a una iniciativa así presentada.
El tema pasa, por un lado, por el protocolo de procedimiento. Su uso es facultad exclusiva del árbitro central. Sus colegas asignados a la sala de VAR pueden sugerirle que repase alguna situación de las que figura en la lista de instancias incluidas en ese protocolo; ellas son jugadas de penal, fuera de juego y acciones en las que pudiera corresponder una expulsión. Pero todo queda en la discrecionalidad del árbitro a cargo del partido dentro del campo de juego, razón por la cual él podrá desestimar la recurrencia al VAR y, aun acudiendo a él, el sistema la dará la posibilidad de volver a verlo desde varios ángulos. Pero será ese mismo árbitro, con su propio concepto reglamentario, quien evaluará lo que revea a través de la pantalla y tendrá para sí la decisión final. En otras palabras, el VAR no garantiza el servicio de justicia en acciones de interpretación. Apenas -y digo apenas porque me resulta poco en función de lo mucho que su uso atenta contra la dinámica del juego- achica levemente el margen. Habrá que ver en el futuro si la relación costo – beneficio justifica su permanencia en las distintas competencias; y sobre este último también entra a jugar lo monetario. La FIFA y las confederaciones continentales pueden costearlo sin problemas para eventos de esta magnitud, pero ¿qué pasa con las ligas sin mucho desarrollo económico? ¿Se justificará erogar todo lo que requiere la implementación del VAR en función de las potencialmente escasas veces en las que puede ser requerido y la falta de garantías sobre su infalibilidad?
Distinto, creo, es el caso de los dispositivos de resolución inmediata como la que determina si la pelota traspuso la línea de gol o no. Ahí sí no hay matices que analizar. Entró o no, de acuerdo a lo que indica el reglamento. El árbitro recibe una señal electrónica en tiempo real y toma la decisión que corresponda según el caso sin que se altere en lo más mínimo la continuidad de juego.

SOBRE EL ARBITRAJE MUNDIALISTA
Antes de meternos de lleno en esta cuestión es importante dejar aclarado que no llegaremos a conclusiones sólidas si usamos los mismos parámetros con los que evaluamos la realidad de nuestros campeonatos. Es más: extendería a toda Sudamérica esta salvedad.
Ahora sí, vamos de lleno. El Mundial les ofrece a los árbitros un contexto extremadamente más amigable con su función que el que la rodea en nuestro ámbito (reitero: esto incluye toda la CONMEBOL). La abrumadora presencia de cámaras, la posibilidad de la recurrencia al VAR y la casi siempre estricta dureza de la FIFA a la hora de sancionar inconductas de los jugadores, no les dan margen a los futbolistas para cometer ningún tipo de exceso.
El argentino Néstor Pitana es, quizás, uno de los más claros ejemplos de esa mayor comodidad en el contexto FIFA. Un árbitro que en nuestro medio flaquea generalmente en los momentos de tomar determinaciones gravitantes, se mueve sin inconvenientes en los partidos mundialistas. Sus carencias fueron con él a Rusia, pero lo comentado más arriba sobre el bajo grado de rugosidad de los encuentros casi no lo expone a la encrucijada de tener que tomar una decisión drástica. Así, su tendencia a dirigir sin hacer olas, su corpulencia e impecable estado atlético (datos no menores en la consideración de las autoridades) y la pronta eliminación argentina lo catapultaron al momento más importante de su carrera arbitral.
Algo más de lo relacionado con el arbitraje de la Copa del Mundo. Creo que las autoridades arbitrales de la FIFA, el suizo Massimo Busacca y el italiano Pierluigi Collina, deberán revisar la instrucción de advertir a los jugadores de no usar las manos para ganar posiciones en las pelotas aéreas sobre las áreas. Es ya evidente que el mecanismo no funciona y, además, también atenta contra la dinámica del juego. Es inviable que cada córner o tiro libre en forma de centro sea precedido por una perorata que, a esta altura, es un juego de mentiras en el que todos fingen decir la verdad y todos fingen creerse. El árbitro les advierte a los futbolistas que si se agarran va a sancionar lo que corresponda y que cobrará penal si el infractor es del bando defensor; los jugadores le levantan las manos clamando inocencia y jurando que se cortarían las manos antes de usarlas para tomar a un oponente. El árbitro da por sentado que su mensaje llegó a destino y trata de no mirar. Los jugadores saben que el aviso fue meramente protocolar y que hay pocas chances de que el árbitro pite un eventual penal, así que se agarran de todos modos; y así, una y mil veces. De repente, a algún futbolista se le va la mano o al árbitro le agarra un ataque de reglamento y la jugada termina con una sanción justa en sí misma, pero que se vuelve injusta en el cotejo con acciones idénticas en las que no pasó nada.
Uno de los argumentos de los defensores de esta política de advertencia es que si se sancionaran todos los penales que se producen por agarrones durante un partido, el juego terminaría desnaturalizado. Lo que no explican es como entienden que en el contexto de un partido de fútbol sea más “natural” un futbolista colgándose o estirándole la camiseta a un rival para que no juegue que una acción más relacionada con la naturaleza del juego como lo es una acción de juego limpio de la pelota como un penal. Además, lo más seguro es que cuando los jugadores tengan la plena certeza de que no hay margen para jugar deliberada y antirreglamentariamente con las manos dejen de hacerlo.

Lo miré con atención, lo paladeé y me llenó el alma de fútbol. Fue un Mundial que repartió alegrías entre algunos de los que pocas veces o nunca las habían experimentado y decepciones entre aquellos que llegaron a Rusia con el plan de jugar siete partidos y terminaron yéndose mucho antes de lo previsto y deseado; un Mundial que fue el ámbito para la consagración de nuevas estrellas. Un Mundial que solidificó mi convicción de que la estantería futbolística global está moviéndose y con serias intenciones de reacomodarse.
Es un proceso histórico apasionante que tenemos el privilegio de poder presenciar.

miércoles, 16 de diciembre de 2015

Una oportunidad desperdiciada

Marcelo Tinelli nunca imaginó que iba a encontrar tantos obstáculos para la concreción de su nuevo capricho. Pensó que para ocupar el sillón de su admirado Julio Grondona iban a bastarle su popularidad y un poco de presión mediática cuasi extorsiva sobre los oponentes de turno. Una bajadita de línea entre el baile de alguna pareja y algún tramo caliente del lamentable acting de los “jurados” sería suficiente para esmerilar la imagen pública de personas que, encima, ya la traían bastante descolorida por méritos propios. Le funcionó para imponer la forzada interpretación del artículo estatutario que regla los requisitos para presentarse como candidato. Supuso Tinelli que iba a salirse con la suya una vez más, como lo había hecho tantas veces dentro de un medio que nunca le dice que no, que lo venera como a un dios de barro y que a nada teme más que a ser aludido negativamente en un espacio televisivo de dudoso gusto que, sin embargo (o, quizás, por eso), mantiene un piso de rating de veinte puntos, lo que equivale a un mínimo de dos millones de telespectadores en cada emisión. La andanada de apoyos -por convicción, por conveniencia o especulación- que tuvo en los medios lo cegó. Esa soberbia alimentada por el “simarcelismo” que lo rodea hace décadas le impidió ver un detalle fundamental: sus televidentes no votan esta vez. Los votantes de esta elección son pocos, tienen nombre y apellido y a todos, absolutamente a todos, les va algo en el resultado.

Luis Segura fue la mano derecha de Julio Grondona en la última etapa de su presidencia. Con el fallecimiento de Don Julio y el período por completar, el cargo recayó estatutariamente en el expresidente de Argentinos Juniors. Él, como todos los dirigentes de la AFA actual, nunca necesitó desarrollar su capacidad dirigencial. Algunos lo hicieron, desde ya; pero otros pensaron que Grondona sería eterno y siempre lo tendrían para resolver por ellos y de manera imperial las situaciones de mediana y alta complejidad que pudieran presentárseles. Muchos de esos dirigentes son los que hoy cierran filas alrededor de la candidatura de Segura, con la intención de mantener el estándar grondoniano del que tanto se beneficiaron. Ellos saben que con Tinelli eso no se va a terminar, pero temen, no sin sustento, algo que suponen aún peor: que una gestión tinellista replantee el mapa de los beneficiarios.

La fallida elección del 4 de diciembre expuso algo que era cada vez más obvio. Ninguna de las dos agrupaciones tiene un verdadero proyecto para hacer funcionar a la Asociación del Fútbol Argentino a la altura de lo que se espera de ella en los tiempos que corren. Los dos, Segura y Tinelli, quieren el sillón. Los dos hablan del cambio que requiere la AFA, pero ninguno de ellos tomó verdadera distancia de lo que pasó en Ezeiza. En los días previos y posteriores, Tinelli embarró la cancha todo lo posible con denuncias de fraude y prácticas poco claras; pero en la conferencia post escándalo, se sentó al lado de Segura y habló con tono conciliador. Si hubiese tenido la certeza de haber sido robado, estaba en el lugar y el momento ideal para hacer pública la queja.

Se sabe que Tinelli es una figura omnipresente en San Lorenzo. “Más omni que presente”, dicen algunos sanlorencistas que conocen bien de cerca la vida de la institución. También hay quienes le reprochan que se haya cortado solo en su búsqueda de la AFA, como lo hizo saber públicamente César Francis -vocal opositor en la Comisión Directiva-, quien se quejó de que Tinelli nunca haya puesto a consideración de sus pares sus intenciones de buscar la presidencia de la casa mayor del fútbol argentino. “¿Piensa gobernar la AFA solo y a control remoto? ¿Ese es el cambio que propone?”, preguntan con lógica sus más encumbrados oponentes, quienes también temen que cada reunión de Comité Ejecutivo siga en Showmatch y sin ellos ; y si algo le faltaba para terminar de alejarse de quienes no forman su círculo áulico, el conductor televisivo llevó el conflicto a la justicia ordinaria. “Sacó los pies del plato”, algo que para la corporación dirigencial es casi como la aparición de la luz mala y, en lo estatutario, está previsto por la FIFA como causa de desafiliación para aquella federación que no dirima sus cuestiones internas puertas adentro.

Por todo esto, me permito no abrigar mayores esperanzas cualquiera sea el ganador de esta dilatada y manoseada elección. La AFA debe ser refundada, debe empezar de nuevo con un acuerdo general sobre puntos fundamentales de su funcionamiento. Vengo diciendo hace rato que la opción en este turno electoral es sólo un tenue matiz.

Creo que si se vota a Segura se opta por la continuidad de Grondona; si se vota a Tinelli, se estará ungiendo al próximo Grondona.

Sólo se trata de elegir entre un personalismo u otro; y si algo malo le pasa a la AFA desde 1979 es el personalismo.

martes, 17 de noviembre de 2015

Ceballos, la punta de un enorme iceberg

No me siento en condiciones de decir si es bueno en lo suyo o no. Sí puedo afirmar que Diego Ceballos está lejos de ser lo que espero de un árbitro de fútbol. Me parece importante empezar por esta puntualización para dejar en claro que lo que sigue no se trata de una defensa personal del árbitro.

Tampoco discuto que Diego Ceballos se equivocó al sancionar el penal con el que Boca abrió el marcador frente a Rosario Central en la final de la Copa Argentina jugada en Córdoba. La falta contra Peruzzi fue indudablemente fuera del área. No les caigo a los árbitros, en cambio, en las jugadas del gol anulado a Marco Ruben (una situación de interpretación en la que encuentro más argumentos para defender que para criticar al asistente Marcelo Aumente) y en el convalidado sobre el final a Andrés Chávez, a quien la revisión tecnológica de su posición al momento de partir el pase encontró adelantado por una de sus rodillas. No más de veinte centímetros en una jugada en velocidad, claramente dentro, al menos en mi opinión, del margen de error tolerable en ese tipo de ocasiones.

Lo que motiva este texto, sin embargo, no es la situación puntual sino todo lo que sobrevino a la final de la Copa Argentina. Hubo una ola, liderada por la gente de Rosario Central, que “pedía la cabeza” de Ceballos y de Aumente. Algunos, incluso, lo pedían sin las comillas. Literalmente. En las primeras horas, la AFA dejó trascender a través de periodistas acreditados en la AFA, posiblemente para tantear el terreno, que a los dos árbitros se les había terminado la carrera. Rápidamente quedó claro que tanto Ceballos como Aumente pertenecen a la planta permanente de la AFA y que el despido liso y llano no sería tan fácil desde el punto de vista legal, además de representar, en mi opinión, una medida exageradamente drástica.

El presidente Luis Segura fue hasta donde pudo. Ordenó suspender por tiempo indeterminado a Diego Ceballos y a Marcelo Aumente. A Ceballos, además, lo hizo sacar de la lista de árbitros internacionales argentinos para 2016 que la misma AFA había mandado en octubre a la FIFA. Esto último representa, tanto en lo profesional como en lo económico, un duro castigo para Ceballos. Segura también decidió que sea el titular de la Comisión Arbitral -el presidente de Racing Club, Víctor Blanco- quien designe a los árbitros, desplazando de esa tarea a la Dirección de Formación Arbitral (DFA).

Pregunto: si la AFA tiene a la DFA para evaluar el desempeño de los árbitros, ¿por qué un dirigente, por más que sea el presidente, puede tomar una decisión tan terminante sin esperar el análisis de los veedores e instructores? ¿Por qué la DFA, con Miguel Scime a la cabeza, se dejó desautorizar así? ¿Por qué la Asociación Argentina de Árbitros no salió públicamente a exigir que las tareas de Ceballos y Aumente fueran evaluadas con criterios técnicos y no por los dirigentes con parámetros tribuneros, polítiqueros y de conveniencia ocasional?

Ceballos, vale aclararlo, dirigió la final de la Copa Argentina por el acuerdo de los dos clubes. Porque, dicho sea de paso, así es como en la AFA se designa a los árbitros para este tipo de instancias. Según el propio mandamás, no debiera ocurrir. Así, los dirigentes aplican un protocolo confesamente inadecuado de manera sistemática, pero luego se convierten en los inquisidores de Ceballos por un error importante, pero error al fin. Por todo esto, la inmediata dureza de Segura deja de manifiesto lo que, para mí, es una gran hipocresía.

Dejemos de lado a los hinchas de Rosario Central. El hincha argentino en general, de cualquier club, prescinde de la reflexión y se muestra siempre a la defensiva contra presuntas conjuras en contra de sus respectivos clubes y exige ser implacables con los errores perjudiciales, al mismo tiempo que muestra un temperamento de perdón divino para aquellos fallos erróneos que le resultan favorables.

Pero a los dirigentes del club Canalla les cabe otra responsabilidad. Si tienen algún elemento que les permita demostrar que Ceballos los perjudicó deliberadamente, comprado o no, que lo lleven a la Justicia, tanto la deportiva como la ordinaria. Si no, y aunque se sientan ciertamente perjudicados, no suman saliendo a prender fuego en los medios. En todo caso, tienen resortes estatutarios para presentar una protesta formal ante la AFA. Pero cuando el propio Ceballos no suspendió el partido contra Tigre en Arroyito por el piedrazo que le abrió la cabeza al entrenador visitante, Gustavo Alfaro, fueron comprensivos con el árbitro en un error que, por ser una decisión para la cual tuvo tiempo de hacer evaluaciones, me resulta más grave que errarle a la sanción de un penal para el cual sólo disponía de un golpe de vista.

Todo este asunto saca a la superficie algo que requiere de una solución definitiva. Urge un replanteo de todo el sistema de justicia de nuestro fútbol. La AFA debe delegar en un ente colegiado y sin influencia dirigencial la evaluación, promoción y designación de los árbitros, así como también reformular la estructura del Tribunal de Disciplina conformándolo con personas idóneas independientes y no como ahora, que los integrantes pertenecen a distintas instituciones afiliadas a la casa mayor del fútbol argentino.

Julio Grondona ya no está y su impronta sigue vigente. Hay un solo dirigente, Raúl Gámez, que hace tiempo se distanció de Don Julio y sus procederes. Todos los demás, incluso los hoy sobreactuantes presuntos impulsores de un cambio, han manifestado oportunamente su admiración por el desaparecido Grondona.

Así será muy difícil la recuperación de la confianza en la AFA y su organización; y sin ella, la competencia futbolística pierde toda razón de ser.

lunes, 6 de julio de 2015

Reflexiones post Copa América

Hay algo sobre lo que creo que vale la pena apoyarse de arranque, por más obvia que resulte la mención: si se perdió la final es porque se la jugó, se estuvo ahí; y es la segunda final en dos años y en las dos competencias más importantes que puede jugar una Selección de esta parte del mundo. A la del Mundial se volvió después de veinticuatro años y a la de la Copa América después de ocho, habiendo pasado la amargura de la prematura eliminación de la jugada en nuestro país.
El fútbol se empareja a nivel planetario. Los que ganaban siempre ya no triunfan tan seguido y los que no ganaban nunca empiezan a escribir sus páginas de gloria; y en lo que mí respecta, me resulta apasionante estar presenciando este reacomodamiento del orden futbolístico mundial.

Comparto en lo general la visión que Gerardo Martino entregó en la conferencia de prensa; para mí también fue Argentina la que hizo un poco más de mérito para llevarse la victoria, pero en el contexto de un partido marcadamente parejo como fue esta final de Santiago, la diferencia puede quedar escondida detrás de pequeños detalles. En una de las últimas jugadas de un encuentro con pocas situaciones de gol, el contraataque de Messi, Lavezzi e Higuaín falló por milímetros, como también Alexis Sánchez tuvo la suya con un remate cruzado que salió por poco junto al poste derecho de Romero; y en este contexto de tanta gravitación del detalle, ¿qué habría pasado si el mediocre y temeroso árbitro colombiano Wilmer Roldán hubiese cobrado el penal a Marcos Rojo en el último minuto de los noventa del tiempo regular? Si hubiese sancionado como correspondía la exasperante recurrencia de Charles Aránguiz a la comisión de faltas, varias de ellas merecedoras de amarilla, el ex Quilmes no habría terminado el partido. Lo de Roldán no está planteado como una excusa, sino como una invitación a pensar cuán cerca se estuvo de que algunas variables influyentes -y por ende, el resultado- fueran diferentes.

Se idolatra a Javier Mascherano con la misma intensidad con la que se castiga a Lionel Messi. Eso habla en buena parte del desprecio que se tiene, en muchos casos por desconocimiento, del juego en sí mismo; y no porque el mediocampista central no le aporte al equipo en ese aspecto, sino porque Messi es, hoy por hoy, desde hace años y sin discusiones alrededor del mundo, el máximo exponente. Pero aun blandiendo la lupa sobre la presunta carencia espiritual y falta de amor por la Selección, no se encuentra allí el vacío que muchos denuncian.  Pensémoslo con lógica y buena leche: ¿A cuántas convocatorias ha faltado Messi desde que jugó por primera vez con el seleccionado mayor? ¿De cuántas de ellas, pudiendo haberse “bajado”, nunca lo hizo? Si no quiere a la Selección, ¿cómo hizo para llegar a los cien partidos? Se banca las persecuciones y los golpes sin chistar, porque sabe que el equipo lo necesita siempre en la cancha; y para afrontar ese asedio con esa actitud también hace falta mucho huevo, mucho más aún que para reaccionar, pegar un golpe o dar un insulto e irse expulsado dejando al equipo sin su mejor carta. Afirmar que Messi es un “pecho frío” o que “no le interesa jugar en la Selección Argentina” (ni hablar de la historia de que no canta el himno) es, para mí, una estupidez que se cae por su propio peso.

Carlos Tévez es en estos días uno de los delanteros de más alto nivel en el mundo. Lo sabía Sabella, lo sabe Martino y todos estamos de acuerdo con eso. Pero no es garantía de nada, como no lo es ningún jugador sobre la faz de la Tierra. No lo fue Maradona, no lo es Messi ni tampoco lo es Tévez. Todo lo demás son puntos de vista válidos y conjeturas más o menos comprobables, como las que hay en esta misma nota un poco más arriba. ¿Por qué lo lleva, si va a ponerlo poco? Porque es una de las posibilidades que le ofrecen las atribuciones derivadas de su función. A mí me cuesta pensar que Martino tome una decisión sabiendo que está desechando otra a la que sabe mejor que la adoptada para el bien del equipo; y luego de esto, es él y no nosotros quien trabaja con los futbolistas en el entrenamiento y quien convive con ellos en el día a día de la concentración. Pero claro, Martino tiene que tomar sus opciones antes de los partidos, para ver cómo los gana; y nosotros podemos sentarnos a esperar los resultados para saber si lo hizo bien o mal.

Habrá que ver cómo se suceden los acontecimientos post Copa América y en lo previo a las Eliminatorias mundialistas y la Copa América del Centenario. Ojalá me equivoque, pero tengo la sensación de que en lo inmediato se vienen días complicados mediáticamente alrededor de la Selección. Pueden aparecer convenientemente miserias que habrían quedado convenientemente sepultadas si el resultado hubiese sido otro. Si esto sucede, habremos vuelto a perder. Pero no por penales, sino por goleada.


domingo, 17 de mayo de 2015

Dos grandes "verdades" que son dos grandes mentiras


“ESTO SE VA A RESOLVER EL DÍA QUE NO ESTÉ GRONDONA.”

¿Cuántas veces hemos escuchado o dicho esta sentencia? Cientos, miles, millones de veces. El postulado parecía tener una carga irrefutable de lógica. Julio Grondona no sólo era el presidente de la AFA, sino que también era una especie de dios todopoderoso habilitado para tomar decisiones que podían vulnerar las propias reglamentaciones y que eran aceptadas por todos los dirigentes con el mismo gesto con el que un chico obedece un mandato “porque lo dijo papá”.

Julio Grondona se fue de la vida hace algunos meses y no se percibe que nada esté empezando a cambiar ni mucho menos. Los dirigentes quieren manejar todo como se hacía cuando vivía Don Julio, a quien le bastaba subir o bajar un pulgar para terminar con un conflicto. Ahora no tienen a quién recurrir, sino que tienen que hacer aquello para lo que fueron elegidos, ya sea en las elecciones de los clubes como por sus pares dentro de la estructura de la AFA; y como siempre supieron que en última instancia “papá” sabría qué hacer, nunca se esforzaron por ser mejores. Su mayor empeño lo dedicaban a ver de qué forma se ganaban el favor de papá, sabiendo que al que estuviera cerca de Grondona el sol lo mantendría calentito aunque hiciera frío polar.

Cualquier actividad deportiva competitiva tiene que tener un entorno reglamentario que brinde un marco de igualdad a todos sus participantes. Igualdad no es pretender que el grande deje de ser grande y que el chico deje de ser chico sólo por una decisión. Igualdad, en este aspecto, es que ante el mismo hecho se aplique la misma regla sin importar quiénes sean los involucrados. Aquello de la balanza y la venda en los ojos.

Este es, para mí, uno de los principales problemas de nuestra organización; pero es una deficiencia tan elemental, que influye decisivamente en el desarrollo de toda la actividad. Una competencia deportiva es, también, un choque de intereses; y necesita de reglas claras que en nuestro contexto están sancionadas, pero que rara vez son aplicadas; y al que le toca eventualmente someterse al rigor de las leyes no lo acepta porque a otro competidor no se lo aplicaron cuando lo merecía. Así entramos en una cadena viciosa en la cual nadie quiere ser el primer eslabón que se corta. Así no hay manera.

Los dirigentes, desde su lugar de conducción, deberían dar el ejemplo de sometimiento a las reglas que, por otra parte, no aparecieron talladas en una piedra encontrada en lo alto de un monte. No. Esas reglas se sancionaron en los recintos de la AFA por iniciativa y con la aprobación de esos mismos dirigentes que hacen todos los malabares posibles para vulnerarlas. Hacen lobby, rosquean, presionan, embarran la cancha, trafican influencias. No dan ningún buen ejemplo.

La “grondonean” sin Grondona y así nos va.


“EL PROBLEMA DE LA VIOLENCIA EN EL FÚTBOL SE ARREGLA CUANDO METAN EN CANA A LOS BARRAS.”

En mi opinión, y de acuerdo a la evolución del problema de la violencia en nuestro fútbol a lo largo de los años, esa sentencia es una simplificación de la mirada.

Las barras bravas son un problema, desde ya. En su mayoría –por no decir todas- responden cabalmente a la definición que da el código penal de una asociación ilícita: grupos de personas que se reúnen con la finalidad de delinquir. ¿Tienen que ir presos? Sí, en la abrumadora mayoría de los casos.

Pero hoy, la temática de la violencia en los estadios excede a la problemática de los barras. Con los años, el hincha común se “barrabravizó”. Por acción u omisión le dio al barrabrava la entidad de ejemplo de amor al club por medio de adoptar los criterios que los barras tenían antes de postergar ese amor por el pragmatismo de los negocios. El barrabrava ya no se pelea “por los colores” porque está en otra cosa y el hincha común “defiende” los colores como si fuera un barrabrava. No tolera la victoria de un rival (ni hablar de tener que comerse como local un festejo ajeno, cosa que “hay” que evitar por todos los medios) y hasta le resulta provocativa la mera presencia o cercanía de un rival. Cuando todavía se habilitaba el ingreso de visitantes a los estadios, éstos eran ubicados en pequeños guetos a los que debían acceder por caminos especialmente trazados en la calles aledañas con paneles que impiden que los hinchas de uno y otro (todos ellos personas integrantes de la misma sociedad) puedan verse siquiera.

Una vez dentro, todo el mundo vive el partido con una carga de tensión inusitada. Basta con ver la reacción que genera un gol, que suele liberar una descarga de bronca contenida y no la expresión de alegría que sería esperable por la conquista del equipo del que se es hincha. Ese gol desata un festejo que no tiene que ver con la propia satisfacción tanto como con la posibilidad de enrostrárselo a quien lo padece en el mismo partido o a algún clásico rival al que, seguramente, ese gol no le caerá bien.

Hay cero capacidad de asimilar la frustración deportiva. Si se perdió es porque “nos robaron”, porque “molestamos y nos tiran al bombo” o porque los jugadores son “mercenarios y/o cagones”, entre otras argumentaciones; y si esa frustración es el descenso de categoría, algún bobo lo equiparará con la pérdida de un familiar y se sentirá autorizado a manifestar su malestar de la forma que se le ocurra, sin ningún concepto de los límites.

Ya está naturalizado y casi que se hizo ley que un jugador no pueda gritar un gol hecho contra su exclub y, muchísimo menos, si lo consigue en calidad de visitante; y aunque no haga un gol, será hostigado durante todo el partido por el solo hecho de tener otra camiseta; y con los clásicos, la fiebre rompe todos los termómetros. El aire se vuelve irrespirable en los días previos y posteriores. Son tan pocas las excepciones en este punto, que no llegan a torcer esa nefasta tendencia.

Los periodistas como colectivo, también con las excepciones como mínima expresión, tenemos nuestra parte de responsabilidad por lo que hacemos o no. Fueron muchos años de demagogia legitimando todas las reacciones del hincha. Muchos años de convalidar, erróneamente y sin alertar sobre los excesos, la certeza de que “somos los hinchas más apasionados del mundo”. Muchos años de alimentar o no condenar desde sus primeras manifestaciones a la cultura del aguante. Muchos años de ocuparnos de lo que pasa fuera del terreno de juego muchísimo más que de lo que pasa dentro. Muchos años de dejar crecer el “periodismo fierita”. Muchos años de pereza intelectual, en lugar de agrandar nuestro horizonte de conocimiento para robustecer nuestra capacidad de análisis. Muchos años de pensar y ejercer el periodismo como un fin y no como un medio, atendiendo, defendiendo o no denunciando intereses no compatibles con nuestra función específica.

Muchos años de hacer las cosas mal, como se las hace en cada uno de los aspectos que se suman para que la realidad de nuestro fútbol sea la que tenemos hoy.


sábado, 26 de octubre de 2013

La crítica (no) será terrible

En su ya tradicional espacio radial de cada medianoche, el Negro Dolina se tomó un tiempito para hablar de su parecer sobre las transmisiones de fútbol en la Argentina. Fue crítico; y, además, se expresó con la lucidez, la acidez y el sarcasmo que forman parte de su marca registrada.

Dolina, detalle que aclaró a la noche siguiente de su comentario original, no estaba refiriéndose exclusivamente a las transmisiones de Fútbol para Todos. Escuchando con atención y buena leche, esto quedaba más que claro. Habló de errores a la hora de mencionar a los jugadores, citas ociosas de la estadística, imágenes que sacaban al espectador del juego en sí mismo y otras cuestiones a las que sintetizó como “una conspiración para que no veamos los partidos”.

Más allá de las exageraciones y el tono irónico y, a veces, soberbio de Dolina, es importante detenerse en los argumentos de su exposición. Creo que hay más de uno que son atendibles; pero sólo voy a centrarme en los periodísticos, que son los que me involucran. Comparto la convicción de que la estadística citada indiscriminadamente llena el aire de datos absurdos y conducentes a nada; y mucho menos sirven para animarse a prever, ni siquiera a suponer, el posible resultado del juego que estamos transmitiendo. No tiene mucho sentido saber si el “9” de Karlsruhe metió todos sus goles en las tardes de lluvia con menos de diez grados de temperatura (permítaseme la exageración para graficar el ejemplo), así como tampoco ensayar complicadas y abundantes explicaciones de situaciones que no las requieren.

También consumimos muchas energías y segundos de aire ocupándonos de vigilar con lujo de detalles si Fulanito festeja o no el gol que le hizo a su exclub o al club tradicionalmente rival de aquel con el que Menganito está más identificado o cómo recibió la hinchada local a un exjugador o extécnico de su equipo. En otro tramo, el Negro mencionó las charlas entre nosotros que no tienen relación con el partido; y ese es otro punto en el que le doy la derecha. Las charlas y los chistes internos que dejan fuera al espectador también ensucian la transmisión.

Él tampoco omitió la queja de muchos invictos de sofá, que reconocen inmediatamente a todos los jugadores aunque tengan los ojos cerrados. “No aciertan a los jugadores, no conocen ni a los que juegan en nuestro país”. Eso no es así. Algunos más y otros menos, pero todos los relatores confunden alguna vez jugadores durante el relato o comentario. Eso no quiere decir que no conozcan o que sean malos profesionales. Siempre se hace todo lo posible para reducir al mínimo el margen de error, que, de todos modos, siempre está latente cuando se trabaja en vivo; y una vez cometido, no se lo puede eliminar por más rápido que podamos hacer la rectificación de la observación o el dato erróneos.

Lo que ocurre, a diferencia de lo que sucedía en tiempos del fútbol codificado, es que hoy se ve por televisión abierta los diez partidos de la Primera División y varios de la B Nacional. Todo, además, está a disposición de una teleaudiencia muy masiva en todo el país y el mundo gracias a las nuevas tecnologías. Antes, en cambio, los pocos partidos disponibles en vivo sólo estaban al alcance de los que podían (y/o querían) pagarlos; el resto nos llegaba varias horas (o días) después de disputados con una prolija edición que disimulaba los errores, incluso haciendo grabar posteriormente el audio sobre las jugadas que en el momento que se produjeron habían sido erróneamente advertidas por los periodistas. El vivo no da ese margen y, por lo precedente, pagamos el precio con mucho gusto.

Así todo, hay que aprender a aceptar la crítica. Los periodistas la hacemos cotidianamente y en muchos casos de nuestro lado tampoco se escatima la sorna y la ironía, cuando no la agresión y/o la descalificación. De la misma manera que exigimos tolerancia para nuestras críticas hacia otros, debemos recibir las que se hacen sobre nuestro trabajo; y, por qué no, tomarnos el tiempo para analizarlas y ver si de ellas hay algo que nos motive a rever y mejorar algunas de nuestras prácticas. La que nos hizo Alejandro Dolina a mí me sirve.

martes, 20 de marzo de 2012

Es fútbol, muchachos; sólo fútbol


Estoy de acuerdo con que la AFA no tiene un sistema de justicia deportiva confiable. Fallos distintos ante situaciones similares, fallos reñidos con las reglas, fallos a medida del lobby que sea capaz de hacer el dirigente del club infractor y mil etcéteras refuerzan esta certeza. No hay dudas de eso, no está en discusión.

La convicción precedente, sin embargo, no sirve de ninguna manera como explicación ni atenuante para hechos como los ocurridos en el estadio de San Lorenzo el último domingo, tras el partido contra Colón. Una cadena de sucesos que debería avergonzarnos en nuestra condición de seres civilizados aficionados al fútbol.

Ya se ha analizado profusamente la jugada en cuestión y parece acreditado que Abal hizo una errónea interpretación de la recomendación que la FIFA había emitido para ese tipo de situaciones. Pero por seguro que se esté del error cometido por el árbitro (que no tuvo veinte repeticiones ni ángulos distintos para observar el movimiento de José Palomino), no se puede querer linchar al árbitro en su salida del campo de juego, no se puede permitir (si no, directamente, alentar) el ingreso de particulares y/o barrabravas a sectores restringidos en una pretendida búsqueda de “justicia”. Mucho más, cuando –por ejemplo- la misma gente de San Lorenzo festejó un error mucho más grave de Carlos Maglio en la decimoséptima fecha del Apertura pasado contra Tigre (rival directo en la pelea por la permanencia), cuando convalidó un gol de Nicolás Bianchi Arce que debió ser anulado por una grosera falta previa de Cristian Tula a Carlos Casteglione. Primera conclusión, básica, casi obvia para todo verdadero amante de cualquier deporte: los errores arbitrales van y vienen. Lo que hoy es un perjuicio, ayer fue o mañana será un beneficio. Es parte del juego y hay que entenderlo y aceptarlo así.

Antes de irnos de este ya famoso partido, detengámonos para este párrafo en la actitud casi antiprofesional de los jugadores de San Lorenzo, con Palomino a la cabeza: se desentendieron de la jugada al ver al asistente Fernández con la bandera levantada, cuando hasta en el fútbol infantil se tiene claro que el único elemento –y ningún otro- que detiene el juego es el silbato del árbitro; y no hay ninguna duda de que el de Diego Abal jamás sonó en la mentada situación.

Todo lo acontecido en el Nuevo Gasómetro es el punto de partida para una serie de reflexiones.
No se puede desde los medios fogonear la violencia, ya sea por desconocimiento o búsqueda de rating. Está bien citar el error de Abal, analizarlo y, fundamentalmente, enseñar de qué se trata. Está mal demonizar al árbitro arrojando sobre él un manto de sospecha. Si hay elementos que lo comprometen, hay que hacer la denuncia; si no, hay que aceptar y tolerar el error ajeno con la misma indulgencia con la que dejamos pasar los propios. Está mal mostrarse comprensivo y casi entender como lógicas las reacciones violentas, aunque sea amparándose en lo comentado en el primer párrafo de este texto. Nunca está bien la violencia. Nunca, por ninguna causa. Se trata de hacer el trabajo con buena leche.

No se puede, desde el amor a un club, creer que la justicia pasa por romper todo (hasta el propio estadio) y linchar a un árbitro que cometió una equivocación o, peor aún, amenazar a su familia y alentar a un ataque físico contra él publicando en foros de hinchas su domicilio y su número de teléfono. No se puede, como persona de bien, gritar a los cuatro vientos ante una eventual injusticia perjudicial y, luego, entender la beneficiosa como una justa compensación, porque así no se está buscando justicia, sino solamente fallos favorables, dando igual que sean justos o injustos. No se puede, desde la angustia que genera la situación deportiva, pensar que todo se debe a una confabulación siniestra tendiente a hacer descender a un equipo que, especialmente desde sus últimas conducciones dirigenciales, hizo más que sobrados méritos para estar donde está.

jueves, 29 de julio de 2010

No hay mal que por bien no venga, Diego

En el texto anterior hice un elogio del ciclo mundialista de Diego Armando Maradona. Desde los números, ha sido el mejor rendimiento de las últimas décadas exceptuando el título del 86 y el subcampeonato del 90. Desde el juego, esto ya es una opinión, el equipo de Maradona no fue menos que los de Passarella y Pekerman y pudo mostrar más que el de Bielsa (esto último, además, tiene el valor de estar siendo escrito por un bielsista confeso e incondicional).
Todo hacía pensar que Diego iba a seguir. Esa era la sensación en los días que siguieron a la dolorosa eliminación a manos de los alemanes en Ciudad del Cabo. Pero no fue así y de una manera absolutamente desprolija y poco decorosa, Maradona se enteró por cadena nacional y de boca del vocero de la AFA que su vínculo no sería renovado.
La respuesta demoró un día. En su primera conferencia como ex entrenador del seleccionado argentino, Diego leyó un comunicado que había sido redactado por uno de sus asesores legales. En él dijo que lo llamaron a apagar un incendio (cosa cierta), que lo apagó (podríamos concedérselo) y que ahora que podía empezar su propio ciclo le niegan la oportunidad. Acusó a Julio Grondona de haberle mentido y a Carlos Bilardo de haberlo traicionado. Dijo que tuvo una eliminatoria dura con equipos difíciles (N. del R.: cinco de los nueve rivales fueron Venezuela, Bolivia y los vestigios de lo que alguna vez fueron Perú, Ecuador y Colombia). Pero no emitió una sola palabra de autocrítica. Dijo que él y sus colaboradores la hicieron hacia adentro. Aquí llama la atención cómo Diego entiende que él puede reservarse para sí y los suyos sus errores, miserias y carencias mientras se permite hacer acusaciones del tenor de la que les hizo a los mencionados más arriba, por más razón que pudiera asistirle.
También aquí es notable lo de algunos periodistas, con alguna excepción, tomando partido sin reparos. Es verdad que no resulta muy difícil elegir entre Grondona y Maradona a favor del “Diez”, pero quizás hayan perdido de vista que estamos hablando de la Selección y que el cometido es buscar lo mejor para ella por encima de los nombres, aunque se trate del del propio Diego. El Diego que, lamentablemente para nosotros, ya no juega. El Diego al cual el peso de su nombre y su historia catapultaron a una función para la que no estaba suficientemente preparado. Sólo él podría haber accedido a dirigir a la Selección mostrando como únicos antecedentes dos intrascendentes y breves ciclos dirigiendo a Deportivo Mandiyú y a Racing Club a mediados de la década del 90. Desde que dejó de jugar en 1997, su relación con el fútbol tuvo que ver mucho más con lo sentimental que con lo práctico, con todos los vaivenes que su vida tuvo en ese mismo lapso. Diego fue claro: “me llamaron para apagar un incendio”. Tan cierto como que él pensó que por ser él podría apagarlo sin traje de amianto, sin casco, sin mangueras y hasta sin agua; tan cierto como que creyó que con la sola mención de su nombre sería suficiente, como cuando jugaba.
Diego hizo de su gestión en la Selección un conflicto casi permanente, abriendo frentes por todos lados. Con Grondona por Ruggeri, con Riquelme por los códigos, con Bilardo por Mancuso, con los dirigentes de River por el Monumental, con Pelé por lo de siempre, con algunos periodistas porque los invitó a seguir chupándola y otra vez con Grondona por la gira previa al Mundial; y estos no son todos.
También se mostró irreflexivo ante situaciones clave: defendió a ultranza el derecho de los bolivianos a jugar en la altura de La Paz con lo que ello representa para los jugadores que habitualmente se desempeñan a nivel del mar. Pero en un exceso de esa noble y deportiva actitud, mandó a su equipo a jugar con un planteo que ignoraba esa dificultad científicamente comprobada y un equipo de la Primera C del fútbol mundial terminó regodeándose y metiéndole un humillante 6 a 1 a un conjunto de estrellas internacionales. Una vez más, sólo el poder de su nombre evitó lo que para cualquier técnico habría sido la inmediata eyección de su puesto. Esa irreflexión también le impidió situarse en el rol de técnico a la hora de tomar algunas determinaciones. Diego vive, piensa, razona y ejecuta todavía como jugador; él hace lo que habría esperado que su técnico hiciera con él cuando jugaba; y a veces hay que hacer lo contrario. Si un jugador no muestra un buen nivel, bancarlo “a muerte” termina exponiéndolo, por más buena intención que llevara la decisión de sostenerlo.
A pesar de este raconto de cuestionamientos, también es justo decir que Diego vive, respira, sueña y suda fútbol; y que además de todo esto lo conoce y lo entiende como pocos. No hay muchos de los que se pueda aprender y dé tanto gusto escuchar cuando se refiere específicamente al juego como él.
Por eso, no hay mal que por bien no venga. Ojalá Diego (hace unas cuantas líneas ya que dejé de usar su apellido) pueda capitalizar esta experiencia. Ojalá se decida definitivamente a ser técnico y se dedique de lleno a dirigir. Que entrene equipos u otras selecciones, que gane cosas, que se pegue más porrazos, que se enriquezca para esta nueva etapa de su relación con el deporte del cual es el dios viviente.
Así, dentro algunos años llegará otra vez a la puerta del predio de Ezeiza, le entregaremos un buzo celeste y blanco, un silbato y le diremos: “¡pase Maestro; lo estábamos esperando!”

sábado, 26 de junio de 2010

Nobleza obliga

Es muy importante para mí escribir esto antes del partido de mañana ante México. ¿Por qué? Por una razón muy simple: para que los resultados no sean un condicionante a favor ni en contra.
El 30 de octubre de 2008, el mismo día en que Diego se hizo cargo de la Selección, expresé lo que sentía y pensaba acerca de su designación y también dije que me encantaría tener razones en algún momento para escribir que aquel texto contenía conclusiones equivocadas.
En eso estoy en este momento. Ahora, que los nuestros cumplieron holgadamente con el mínimo exigible y antes de que se metan en la etapa de la búsqueda de logros importantes. Ahora, que todavía no se ganó nada y antes de que el análisis se contamine irremediablemente por la influencia del "diario del lunes".
Me pone muy feliz la actualidad de Diego Maradona. En el texto que cité antes hice una sentida mención de lo que él significa para todos los que amamos el fútbol y tenemos la enorme fortuna de ser argentinos para haberlo disfrutado en la cancha teniéndolo de nuestro lado. Pero, al mismo tiempo, la razón me llevaba a tener reservas y a no ser muy optimista.
Ha pasado el tiempo y mucha agua ha corrido debajo del puente. Este presente de Maradona no sólo me alegra por la cuestión sentimental de la gratitud que siento por él. Noto, además, un enorme y positivo cambio. La Selección que está jugando el Mundial no tiene nada que ver con aquella que fue a Uruguay en noviembre con la posibilidad latente de quedarse fuera. Aun a riesgo de pecar de insistente, repito que no estoy refiriéndome a los resultados deportivos.
Esta saludable realidad tiene que ver con otros aspectos. Por ejemplo, con la sólida cohesión que muestra un equipo argentino plagado de figuras, esas que muchas veces tienen problemas para controlar su ego y subordinarse sin condiciones al interés colectivo representado por las decisiones del entrenador. Diego Milito, por sus logros en la última temporada, podría ser considerado uno de los tres delanteros más importantes del mundo. Hoy por hoy es una estrella, sin dudas. Sin embargo, se banca sin chistar ser suplente y hasta se lo ve festejar con honesta alegría los goles de otros que están en el lugar en el que él seguramente quiere -y merece- estar. Demichelis comete un error costoso contra Corea del Sur y lo primero que hace Diego al finalizar el partido es correr a abrazarlo delante de todo el mundo, como inequívoca señal de apoyo irrestricto. Los encuentros con los periodistas son relajados, con conceptos firmes y sin demasiados conflictos innecesarios, de esos que a veces van a buscar algunos impresentables que quieren convertirse en la vedette de la conferencia. Punto a favor de lo que parece ser una clara pauta de conducta, muy distinta de la del Diego de poco tiempo atrás.
No vale la pena desmenuzar también en este espacio las virtudes futbolísticas y las debilidades, que también existen, de nuestro seleccionado. Abundan los análisis tácticos y estratégicos y muchos los hacen mejor que yo. Sí me gustaría destacar, como para retomar la autocrítica de aquella primera impresión de octubre de 2008, que el equipo demuestra trabajo. Se ven claros movimientos de sincronización en la dinámica del juego y también variantes en la utilización de situaciones de pelota detenida. Los cambios que decide el entrenador, más allá de que den puntualmente el resultado buscado, responden siempre a una lógica.
Como si algo faltara para que su nombre se haya convertido para nosotros en un sinónimo del deporte que tanto amamos, Diego ya no sólo vive, sueña, respira y suda fútbol, sino que también lo piensa; y con la misma lucidez con la que dejó solo a Burruchaga contra Schumacher en el 86 y a Caniggia en la calurosa tarde de Turin en el 90, ahora, desde el otro lado de la línea de cal, arma y hace jugar a su equipo.
Creo -espero que así sea- que ahora se entiende un poco mejor por qué es hoy que quiero publicar este texto. Porque todo lo que me gusta del ciclo de Diego Maradona como entrenador nacional no tiene que ver con la estadística. Los años de periodismo con Víctor Hugo -el Más Grande- me han inculcado la vocación de no convertirme en un mero comentarista de resultados. Por eso quería quería decir esto hoy, antes de que se juegue el partido contra México por los octavos de final del Mundial. Porque quiero que quienes se toman la molestia de seguir este espacio, al que tenía bastante abandonado, sepan que, aunque los aztecas nos dejen con las manos vacías mañana, lo que pienso es esto. Que noto un cambio, que me parece muy positivo y que hoy me alegra tener muchas razones para escribir lo que están leyendo.
Nadie como Diego Armando Maradona merece que le vaya bien con el seleccionado argentino, cualquiera sea el lugar desde el cual se relaciona con ella; y nadie como él se merece estas líneas reivindicatorias de quienes lo queremos bien y le estaremos siempre agradecidos, aunque aterrice en Ezeiza con la copa el 12 de julio o regrese a nuestro país antes de esa fecha y con las manos vacías.

viernes, 16 de octubre de 2009

Autocrítica, divino tesoro

No resiste demasiado análisis el hecho de que bajo la conducción de Diego Armando Maradona en el rol de entrenador a la Selección Argentina no le ha ido nada bien. Terminó cuarta en una eliminatoria hecha a la medida de los grandes del continente. Es cierto que la herencia que dejó Basile no era fácil de remontar, pero Diego no le hizo ningún aporte sustancioso al cambio de rumbo y los pocos en los que hizo notar su mano contribuyeron a empeorar el panorama. Errores tácticos de principiante en el partido de La Paz ante Bolivia le hicieron sufrir una cachetada que habría significado el final de cualquier otro entrenador. Ante una derrota con idénticos números contra Argentina, Hernán “Bolillo” Gómez debió dejar el representativo ecuatoriano argumentando que ese 1-6 era un resultado “sacatécnicos”. Diego sobrevivió, aun cuando el claro desnivel de jerarquía a favor del equipo argentino era una agravante para semejante caída. En poco más de cinco años a cargo de la Selección y con dos ciclos mundialistas desde su inicio –el segundo trunco-, Marcelo Bielsa nominó ciento diez jugadores; en cambio, con once meses en la gestión y habiendo asumido un año y medio antes del Mundial, lo que equivale a la etapa de definiciones del proceso camino al máximo torneo, Maradona convocó a casi ochenta jugadores; a Sudáfrica sólo podrá llevar veintitrés. Hubo muchachos a los que convocó y borró sin que una u otra decisión parecieran respaldadas por algún criterio razonable. Arrancó con gran dedicación, viajando al encuentro de sus futbolistas en cualquier lugar del mundo en el que los jugadores se desempeñaran, pero el ritmo de entrenamiento de los últimos tiempos distaba de ser el acorde a la exigencia de la altísima competencia. Esto no es hacer leña del árbol caído; en un texto que publiqué el mismo día en el que Diego se hizo cargo del seleccionado, dejé claro qué pensaba de su designación.
El 11 de julio de 1982, Enzo Bearzot estaba en su día de gloria. Minutos antes, el equipo que dirigía, la Selección de Italia, le había ganado por 3 a 1 la final del Mundial de España a Alemania en el estadio Santiago Bernabéu, en Madrid. El entrenador y sus dirigidos habían sido ferozmente criticados durante todo el proceso que los llevó hasta la definición contra los germanos. Llegado a la conferencia de prensa tomó su lugar, observó al auditorio, miró a los periodistas –entre los cuales reconoció a varios de sus críticos- con una evidente ansia de revancha y tomó la iniciativa con una pregunta hacia ellos que tenía más filo que un puñal: “¿ Y ahora?”
Algo más de veintisiete años después, Diego Armando Maradona eligió otro camino para tomar su desquite. Tras la victoria 1 a 0 ante Uruguay en el mismísimo estadio Centenario, festejó dentro de la cancha más como hincha que como entrenador. No estamos acostumbrados a cosas así en ese nivel de competencia, pero no caben reproches serios por eso. Un rato más tarde, en la conferencia de prensa, supuestamente con las pulsaciones otra vez en su ritmo normal, se despachó con las guarangadas y obscenidades que todos conocemos y no vale la pena repasar. No es necesario, la conducta de Diego frente a la prensa mundial en ese encuentro no resiste análisis. Fue un mamarracho impropio de alguien con esa responsabilidad. Eso está claro.
Pero me gustaría ir un poco más allá en la observación y asir la lupa sobre lo que hay dentro del impresentable envoltorio que Diego le puso a su bronca. Esta, me parece, fue la primera vez en la que tuvo que enfrentarse con la prensa especializada en fútbol. Hasta el miércoles, sus mayores choques se habían producido contra quienes desde el periodismo de actualidad cubrían los vaivenes de la vida extrafutbolística de Maradona con un tinte intensamente amarillo. Ahora, en cambio, había notado que desde el ámbito desde el cual muchos antes lo alababan incondicional e interesadamente y se habían beneficiado con su “amistad” ahora se cruzaban de vereda. En su concepto, lo habían traicionado. Diego cometió el grave error de generalizar y no marcar puntualmente a los destinatarios de su grosería, salvo a uno que estaba en la conferencia y fue desubicadamente abordado por el Diez, pero creo que no está del todo errado en su diagnóstico.
Desde mi punto de vista, muchas actitudes de algunos que dicen trabajar de periodistas son un atentado al periodismo. Como amante de esta profesión, después del triunfo ante Uruguay me dio pena ver cómo las dos pretendidas estrellas de la cobertura en campo de juego corrían ansiosamente detrás de los jugadores a los que segundos antes habían visto dedicarles cantitos hostiles a los “putos periodistas”. “Diego, amigo”, decía el cronista-cantante que intentaba hablar con él. En esos remedos de entrevista que tuvo con los jugadores no aludió ni mínimamente al tema, ni siquiera ante la encomiable mesura y ubicación que mostró Juan Sebastián Verón frente a los micrófonos. En el multimedios en el que trabaja el periodista que se cruzó con Diego en la conferencia de prensa, todos los cañones estuvieron apuntados a despedazar a Maradona haciendo un minucioso análisis de su campaña como nunca antes se lo habían permitido. Todos los periodistas del grupo aportaron sus piedras al intento de lapidación, en una muestra del más ramplón corporativismo, el mismo que inundó a casi todos los medios desde que se produjo el indefendible exabrupto de Maradona. Para eso sí hay unión; para atacar sin cuartel y desde todos los frentes a cualquiera que ose cuestionar a esta inagotable fuente de virtud impoluta que cree ser el periodismo argentino, ese que vive buscando la paja en el ojo ajeno sin ver la viga en el propio y exigiendo autocrítica de todo el mundo cuando ha sido y es incapaz de ejercerla, a pesar de lo mucho que la necesita.

miércoles, 19 de agosto de 2009

Cromañón y una sed que no se sacia nunca

El solo intento de representarnos el dolor de los familiares de las víctimas de República de Cromañón produce escalofríos a los que nunca padecimos pérdidas directas como consecuencia de una catástrofe de esas dimensiones. Perder a un hijo debe ser, sin dudas, lo peor que puede presentarle la vida a una persona; y la mayoría de los militantes en la búsqueda de justicia por estas ciento noventa y cuatro muertes son padres con el alma destrozada y su vida indeleblemente marcada para siempre. Por esto, nuestra solidaridad siempre estará con ellos.
El presidente del tribunal leyó primero las sentencias condenatorias, que fueron duras –justas, de acuerdo a las declaraciones de los familiares de las víctimas- con Chabán, Argañaraz y el subcomisario Díaz, de la Policía Federal. Villarreal –mano derecha de Chabán- y los funcionarios públicos que tenían a su cargo las habilitaciones de locales como el de la tragedia recibieron penas menores, todas ellas por debajo del monto mínimo exigido para que sean de cumplimiento efectivo. La debacle llegó a la sala cuando el mismo juez dio a conocer la parte del fallo en el que absolvió a todos los integrantes del grupo Callejeros.
Algunos parientes de víctimas que presenciaban la lectura de la sentencia perdieron el control, insultaron a los músicos y a varios debieron desalojarlos por la fuerza cuando desde la parte superior los partidarios de los acusados dejaron caer papelitos a modo de festejo por la parte de la resolución que los liberaba de culpa y cargo. A esto, los mismos padres que calificaron de justas a las sentencias condenatorias respondieron con todo tipo de acusaciones a los jueces. No estoy en condiciones de hacer una valoración jurídica del fallo; por eso, a pesar de que no puedo entender bien por qué se deslindan tan desproporcionadamente las responsabilidades del manager con respecto a las de los músicos, entiendo que si las condenas fueron aplicadas por el mismo tribunal en todos los casos, los veredictos fueron consecuencia de valoraciones elaboradas sobre la base de idénticos criterios de evaluación de la prueba aportada por todas las partes del proceso. Es decir, que todos fueron medidos con la misma vara.
Como última referencia al caso judicial en sí mismo, a mí también me habría gustado verlo a Aníbal Ibarra en el estrado. Si los funcionarios del gobierno de la Ciudad que fueron condenados por su participación por acción u omisión en los hechos hubiesen sido designados por concurso de antecedentes, la cadena de responsabilidades podría agotarse en ellos. Pero a mi entender, y al tratarse de nombramientos políticos, el que los nominó debe responder por aquellos a quienes les confió una función para la cual no eran técnica ni moralmente idóneos.
Esta compleja situación invita a otros análisis. Como en tantas facetas de nuestra agitada vida de sociedad, aquí también los límites quedaron absolutamente borroneados. Desde aquel 30 de diciembre de 2004, los familiares se han apropiado de un tramo de una calle de la ciudad para utilizarlo como santuario para recordación de las víctimas. De nada sirvieron los numerosos intentos de las sucesivas autoridades comunales por liberar otra vez el tránsito por la calle Bartolomé Mitre. Los familiares han tomado cada uno de esos intentos como una amenaza de agresión; pero esa determinación perjudica a miles de personas que ninguna responsabilidad tienen por semejante desastre y no resulta imaginable que en otro lugar del mundo en el que impere la ley pueda ocurrir algo similar. Se entiende el dolor, se lo acompaña; pero eso no puede llevarnos a permitir todo.
Aunque su accionar fue el disparador de este texto, no se trata de cargar únicamente contra los familiares de las víctimas de Cromañón. Un grupo de “asambleístas” mantiene cortado desde hace casi tres años el principal cruce vial a Uruguay en protesta por la instalación de una industria presuntamente contaminante sobre la costa vecina del río que nos separa geográficamente con el país hermano. De la misma manera, la interrupción del tránsito en distintas vías se ha convertido en el método preferido de la protesta, a veces en defensa de intereses muy puntuales, que terminan descargando su frustración y su bronca contra quienes nada tienen que ver con las causas de su manifestación. Todos tenemos derecho a hacer conocer nuestros reclamos; es una atribución ciudadana que no se discute. Pero eso no convalida tomar como rehenes a otros ciudadanos, posiblemente perjudicados por las mismas anomalías, por lo cual el corte los convierte en víctimas al cuadrado.
¿Por qué nos pasan estas cosas? Habrá sociólogos y estudiosos que puedan encontrar explicaciones científicas a nuestros comportamientos. Pero desde el llano en el que nos encontramos surgen algunas ideas. La sentencia por la tragedia de Cromañón no será la primera vez –en este panorama tampoco la última, lamentablemente- en la que alguna de las partes siente que no se ha hecho justicia. No sólo eso; a esa presunta injusticia, además, se la relaciona con algún tipo de corrupción. Desde los sucesivos gobiernos, con el inestimable apoyo de nuestra pasividad, se han hecho incalculables aportes a la degradación de la calidad de nuestras instituciones. Para decirlo sin rodeos, nadie cree en nadie. Existe la sensación de que el que tiene dinero, cercanía al poder o ambas cosas puede utilizarlas como antídoto contra la aplicación de la ley cuando ésta afecta a sus intereses. El que no cuenta con ninguno de esos recursos, siempre de acuerdo a esa misma sensación, tendrá dificultades si se aparta del marco legal vigente y hasta podría llegar a tenerlas aún sin excederse de los límites que establece nuestra legislación.
El hilo de todo este análisis conduce a una inevitable conclusión, a la que uno lamenta profundamente llegar: nos han –nos hemos- acostumbrado a convivir con una permanente y repugnante sensación de impunidad; y cuando su justicia no tiene una sólida credibilidad, cualquier sociedad tiene sus cimientos peligrosamente socavados.

lunes, 17 de agosto de 2009

El fútbol, la TV y los dirigentes

La decisión de los dirigentes de la Asociación del Fútbol Argentino de rescindir el contrato de “asociación” con la empresa adjudicataria de los derechos de televisación de los campeonatos puso dramáticamente al descubierto una situación que era cada vez más difícil de disimular. No vale la pena hacer mención en este espacio a los perjuicios que ese vínculo le produjo a nuestro deporte preferido. Abundan en todos los medios los detalles que lo convertían en un contrato leonino.
Sí será interesante hacer hincapié en el rol que les cupo a los dirigentes de los clubes en el deterioro de la actividad. Salvo excepciones como Estudiantes de La Plata, Vélez o Lanús, la mayoría de las instituciones se encuentra concursada, en quiebra o cerca de alguna de estas instancias legales; y la sensación que muchos tenemos es que esto no es sólo consecuencia de la voracidad del grupo Clarín. Para ser claro: todo el mundo del fútbol conoce situaciones puntuales que sirven como ejemplo de administraciones que, en el mejor de los casos, pueden ser calificadas como negligentes. Otras son simplemente dolosas.
El presidente de un club muy importante de la Capital Federal recibió una vez un llamado de una empresa multinacional, que quería proponerle el siguiente acuerdo: la compañía costearía los gastos de remodelación y modernización del estadio a cambio de que por un lapso determinado el “palacio” llevara el nombre de la gaseosa más famosa del mundo. En la reunión, para la cual nadie debió trasladarse demasiado porque el estadio en cuestión y la empresa se encuentran sobre la misma avenida porteña, el presidente del club se despachó con una pregunta que dejó pasmados a sus interlocutores de la otra parte; “¿Cuánto hay para mí?” dijo en castellano y no en inglés. Así se terminó la charla y, con ella, la posibilidad de que el club pudiera engrosar sus arcas con un ingreso genuino. Ese mismo presidente, en diciembre de 2007, despedazó mediáticamente a otra ex gloria de ese mismo club que, habiendo sido entrenador del equipo, había pretendido cobrar por su trabajo. El ataque fue de lo más bajo, porque recurrió a “tirarle a la gente en contra” acusándolo de “traidor a los colores”. Ese mismo presidente tomó el recaudo de sacar del concurso de acreedores y ordenar el pago directo de los montos que a él mismo se le debían de las épocas en las que estaba a cargo del plantel de Primera División del mismo club.
Más conocido es el caso de los juveniles de River que, por un acuerdo defendido públicamente por los dirigentes encabezados por el presidente José María Aguilar, estaban a disposición de Villarreal, de España. El paquete incluía a dieciséis futbolistas por los cuales el club español pagaría tres millones y medio de euros por el cincuenta por ciento de sus pases. Cabe aclarar que ese podía ser el valor de transferencia individual de más de uno de los integrantes de esa especie de “Cajita Feliz” que habrían preparado los dirigentes (ex) Millonarios.
Racing Club Asociación Civil había dejado de existir como tal en 1999, de acuerdo a la histórica frase de la síndico Liliana Ripoll. Después de décadas de administraciones nefastas sin solución, la “Academia” había quebrado. En un país normal, habría que haberla refundado y debería haber empezado otra vez en Primera D. Acá, con lo peor de la política a su favor, no sólo se quedó en Primera, sino que dos años después se coronó campeón.
Hay más: periodistas partidarios muy bien informados cuentan indignados que en un club grande de la Capital Federal los jugadores firman recibos por el doble de lo que ingresa en sus cuentas, aunque de las arcas del club sale el monto que figura en el papel rubricado por los futbolistas. Como se ve, este club y el primero de los referidos en este texto también juegan su clásico en lo dirigencial, en el cual ambas instituciones pierden por goleada.
Más allá de estos casos puntuales hay un aspecto que los engloba a todos, incluso a los mejores administradores. Todos los clubes tienen su respectiva barra brava (algunos tienen más de una), que suelen tener un alto costo de manutención. A las entradas de favor, las facilidades de traslado y alojamiento para los encuentros como visitante y los aportes monetarios que reciben de parte de dirigentes y jugadores hay que sumarles las enormes erogaciones que las instituciones deben afrontar en dispositivos de seguridad generalmente sobredimensionados e ineficientes, pero siempre exageradamente costosos.
Todo lo anterior no quita que la decisión de rescindir el contrato haya sido una medida apropiada por parte de la AFA. Pero de nada servirá semejante paso si esta trascendental determinación no va acompañada, hasta diría precedida, de un impostergable y sincero mea culpa de los dirigentes. Así como advirtieron el grave error que cometieron al permitir esa relación contractual, quizás haya llegado también la hora de que se den cuenta de que este sistema paternalista y casi mesiánico que gira alrededor de la figura de Julio Humberto Grondona está agotado, que fue convirtiéndose en cenizas por el fuego de sus propios vicios en el transcurso de los últimos treinta años. Resulta insultante a la inteligencia media de todos nosotros que señores que administran maravillosamente sus finanzas personales le adjudiquen sólo al vergonzoso vínculo con la televisión el estado terminal de los clubes que ellos manejan.

miércoles, 12 de agosto de 2009

De regreso en la web

No podría empezar este texto de otra manera que no fuera agradeciendo; y esa gratitud va dirigida a mucha gente que desde mi desvinculación de radio Continental me ha hecho llegar de diversas maneras sus muestras de apoyo y solidaridad.
Con esta salida se cerró una fantástica etapa de mi vida. Fueron trece años en los cuales pudimos practicar el periodismo en las condiciones en las que alguna vez lo soñamos: con entera libertad, sólo con las limitaciones que pudieran imponernos nuestra propia capacidad y la ética profesional. Fueron trece años en los que tuve la incomparable oportunidad de viajar, de conocer otros países y otras culturas, de ver que hay gente que en otros lugares del planeta hace las cosas de manera diferente y que, además, en algunos de ellos las hacen mejor que nosotros y en otros peor. Fueron trece años en los que tuve el enorme privilegio de trabajar al lado de un monstruo del periodismo como Víctor Hugo Morales, quien, en mi opinión, por estos días es protagonista del hecho más importante de la historia del periodismo deportivo de nuestro país. Ojalá la profesión sea conmigo más generosa aún que lo que ya fue y vuelva a permitirme el honor de formar parte de algún equipo suyo.
No hay mucho por ahora que pueda decir acerca de mi salida de la radio. En resguardo de mi situación legal ante la demanda que ya inicié por distintas irregularidades, sólo puedo comentar que no fui despedido, sino que, una vez iniciado, mi reclamo acarrearía casi inevitablemente mi abandono del equipo Competencia. No fue una decisión fácil; todavía me dura –y durará bastante más aún- la pena que esta determinación generó en mi corazón. Allí quedan enormes amigos, que tienen el incalculable valor de ser amigos que se generaron en el marco de una actividad que en general es poco propensa a la formación de amistades sólidas, ya que en ella afloran a veces egos incontrolables y celos profesionales que derivan en enconos personales. Evitaré mencionar nombres por una razón fundamental: no quiero que la memoria me haga ser injusto con alguien por la extensión de la lista, que, afortunadamente, es muy numerosa.
Ahora comienza otra etapa. Será un tiempo en el que, mientras espero una chance de trabajo rentado en los medios, este blog será mi único vínculo con esta profesión a la que llegué casi por casualidad y de la cual hoy estoy perdidamente enamorado. En este espacio podré volcar las mismas inquietudes que me movilizaban en el estudio de radio Continental. Pero también me permitiré, con la autorización de todos ustedes, incursionar en temas que excedan lo meramente relacionado con el fútbol; y lo más importante: invitar a quienes distingan con su visita a este blog a dejar sus ideas y comentarios; las líneas que dejen para marcar su coincidencia serán muy bienvenidas; y las que expresen civilizadamente su desacuerdo serán mejor recibidas todavía.
Espero merecer vuestra visita.